Va a ser muy difícil habitar tu ausencia. Acostumbrarse a la idea de no poder acudir de vez en cuando a charlar contigo, a encontrarse nuevamente con tu cariño, con tu sabio consejo.
¿Cómo llenar ese espacio? Esa dimensión donde se instalaba tu cuerpo entrañable, esa mole de tendones, músculos y nervios de pura humanidad y ternura. ¿Cómo olvidar el sonido de tu presencia? esa voz ronca, áspera; como ronco es el tono del dolor en silencio. Esa voz curtida en la resistencia, en el clamor de las protestas, en el tono instigador de los mítines, en los innumerables cigarrillos. Esa voz a ti debida que te identificaba y te anunciaba antes de que se vislumbrara tu figura. Esa voz acostumbrada al grito de libertad, a la rebeldía; testimonio indisoluble de tu actitud de vida, expresión de tu coraje y tu fuerza.
Y frente a la fortaleza, tu sonrisa, que era tu semblante, tu balcón al afecto, tu saludo solidario, tu inscripción en la sensibilidad. Con esa sonrisa mostrabas tu cercanía campechana y sincera y ocultabas episodios de una existencia llena de dificultades y sinsabores, incomprensiones e ingratitudes. Forjado en el dolor y en las estrecheces, pero no en el desaliento, tu orfandad te preparó desde niño para las circunstancias adversas. Después vendrían otras contiendas: el compromiso político, la oposición a la dictadura, la lucha sindical, la cárcel…..
Eras un combatiente, un ser habituado a las batallas, un luchador hasta el final, porque eras un enamorado de la vida, un vividor gozoso de la fraternidad y del afecto, un militante de la amistad.
Por eso aunque la oposición a la injusticia y a la desigualdad fue tu postura ante el mundo, tus auténticos baluartes vitales fueron tu familia y tus amigos.
Concha, tu compañera de vida, tu aliento y tu mano enlazada en el camino vital y en el compromiso, el apoyo profundo en esa travesía que dio el fruto de vuestra referencia más personal y de felicidad, tu hija. Concha y Deli tu auténtico hogar .
En ese universo de ser humano a secas siempre fuiste amigo de los tuyos, de esos colectivos-islas que nos conforman y nos identifican: tu calle Macasta, tu barrio de la Macarena, la Alameda de Hércules, Casa el Bizco, Curro Romero, Caracol y como no, tu Betis… aquellas partidas de dominó junto a Julio Ruiz, Antonio Gómez, Badía…, y un poquito de compás con manzanilla y sopa de tomate.
Pero nos dejas tu credo, la enseñanza con tu actitud, con tu ejemplo. La idea de que no podemos salvarnos quedándonos al borde del camino. Que no nos salvaremos si nos llena la calma y se enmudecen las palabras en la boca en lugar de lanzarlas al viento denunciando. Que no podemos salvarnos si dormimos sin sueños, si sólo amamos limpiamente, bajo fórmulas, sin desgarros. Si olvidamos al ser humano que está en la otra orilla, si sólo pretendemos un rincón tranquilo en nuestra existencia, si pensamos y sentimos sin sangre, sin entusiasmo, NO NOS SALVAREMOS.
Por eso he llegado por el dolor a la alegría. El dolor de tu pérdida y el vacío de tu ausencia, la rabia de no tener nuevamente tu abrazo, se han convertido y han desembocado en la alegría inolvidable de haber sido tu amigo.
La muerte no conseguirá arrebatarnos tu ejemplo cálido y profundo de hombre honesto, de compañero íntegro.
Cobijaremos en nuestros recuerdos y arañaremos el tiempo para aprisionar los inefables instantes compartidos en el territorio de las emociones donde habitarás para siempre.
Y en ese territorio nos encontramos tu familia, tus amigos, tus compañeros juntos, donde tú querías, todos juntos.
Blas Ballesteros Sastre